Carmelitas Descalzas en Cuba

La formación persigue como finalidad que las candidatas, dóciles a la acción del Espíritu Santo, respondan con amor a la llamada gratuita y amorosa del Señor; que bajo la guía de maestras expertas conozcan y vivan paulatinamente la vocación, sus valores y sus exigencias, que se identifiquen con el modelo de vida propuesto por la Santa Madre Teresa de Jesús,  mediante su ejemplo y sus escritos.

Todos los elementos naturales y sobrenaturales, que gradual y armónicamente deben concurrir a la realización de esa formación, pretenden que las llamadas a vivir  “en obsequio de Jesucristo “se asemejen a él (que es modelo de consagración al Padre), unidas a la persona y al ejemplo de María, para pertenecer exclusivamente a Dios, viviendo en plenitud el Evangelio.

La vocación carmelitana, plenamente centrada en la relación con Cristo por medio de la oración y de la contemplación  es – para aquella a quien Dios llama – la forma propia de realizar su existencia cristiana, por medio de la profesión de los votos religiosos. La formación en el Carmelo consistirá,  ante todo, en introducir a la candidata en la tradición viva de la Orden. “La vida monástica se fundamenta únicamente en la experiencia; una exposición puramente teórica no puede abarcar su totalidad, ni siquiera ser suficientemente clara, si tú no haces la experiencia personal con ilusión y generosidad”. Impulsada por el amor a Cristo, nuestra Madre Teresa se inserta en esta tradición viva que, desde hace siglos, atraía a numerosos buscadores de Dios hacia el Monte Carmelo. Turbada por las rupturas de la unidad en la Iglesia de su tiempo y por el descubrimiento de nuevos horizontes  misioneros, dio a su vida contemplativa una fuerte motivación apostólica. Ella arrastra tras sí a muchos para arriesgar la vida por amor a Jesús, para “ser el amor en el corazón de la Iglesia “.

La Orden acoge con gozo a las nuevas vocaciones, quienes son además un estímulo para su renovación espiritual: “Ahora comenzamos y procuren ir comenzando siempre de bien en mejor “.

La formación abarca la totalidad de la persona y busca la forma de armonizar las dotes de la naturaleza con la gracia, de manera que la persona llamada pueda unificar en ella – del modo más consciente posible – su vocación de mujer, de cristiana y de religiosa carmelita. Según ha sido estructurada, la vida del Carmelo es por sí misma formadora y liberadora para quienes son llamadas a ella.

La oración en común, la Liturgia en su sobriedad, la lectura espiritual, la clausura – que crea un espacio de libertad para la oración y la comunión fraterna – el equilibrio entre el silencio y la comunicación en la vida comunitaria, el trabajo en soledad y los oficios diarios, la alegre sencillez de las recreaciones, este cuadro y este estilo de vida contribuyen a centrarse en lo esencial y a orientar todas nuestras fuerzas hacia Dios en la fe, la esperanza y el amor.

La vocación carmelitana es unificadora porque es sencilla: el santo profeta ha transmitido al Carmelo su llama, a la vez contemplativa y apostólica. En Cristo, con un único movimiento interior, la Carmelita va hacia el Padre y hacia sus hermanos. En el origen de numerosas llamadas al Carmelo está el deseo de participar de la Redención del mundo y en la reunión de los hijos de Dios que se hallan dispersos. Pero el pleno cumplimiento de este deseo se hallará al término de la realización de la vocación, después de largos caminos de purificación y de transformación, descritos por Santa Teresa en el “Castillo interior “y por San Juan de la Cruz en todas sus Obras. Es el término de la “Carrera de gigante “ De Teresa de Lisieux y el final silencioso del don de su vida hecho por Teresa Benedicta de la Cruz y por todos los mártires de la Orden, a lo largo de los siglos. También es la consumada realización de la oración de la Beata Isabel de la Trinidad:“¡Oh Fuego consumidor, Espíritu de Amor, venid a mí para que se realice en mi alma como una encarnación del Verbo; que yo sea para Él una humanidad complementaria en la que Él renueve todo su misterio ¡ “.

Los criterios carmelitanos para la presencia del llamado al Carmelo serán: Amor a la vida de oración, amor a la Palabra de Dios, un deseo real de apostolado, amor a la Iglesia, atracción hacia el silencio y la soledad, capacidad para vivir en comunidad, vida mariana profunda y a la vez discreta, amor a la vida escondida.

Las etapas de formación son las siguientes:

  • Aspirantado – Externo, se lleva a cabo por medio de entrevistas periódicas, en las que se da un conocimiento mutuo y elementos para el discernimiento de la vocación. Se da a conocer el carisma, nuestro estilo de vida, etc.
  • Postulantado – Comienza con el ingreso en el monasterio, y la progresiva incorporación al ritmo de vida de una carmelita.
  • Noviciado –  Inicia con la toma de Hábito, tiene la duración de dos años, comienza  propiamente la vida religiosa y es preparación para la profesión de los votos.
  • Votos temporales – La hermana es consagrada a Dios por el ministerio de la Iglesia, se hace miembro de la Orden y se incorpora al propio monasterio.
  • Profesión Solemne – Consagración a Dios para toda la vida por la profesión de los votos de pobreza, castidad y obediencia.